Mucha gente escucha música sólo por la melodía. Está claro que este debe ser el principal aliciente. Si la música es mala, para qué oírla por más buenas que sean las letras. Sería mejor leer libros, poemas, recetas de cocina o cualquier otra cosa. Pero para mí, las letras son un añadido muy importante. Insisto, la música es lo principal, pero no quiero seguir oyendo letras poco imaginativas, sin sentimiento real, que hablen de bobadas cotidianas. Yo quiero ver las cosas de mi vida bajo otra luz, agrandadas o hechas insignificantes, pero no con la rutina del carente de talento y sentimiento. Hay un detalle curioso al respecto. Aunque me dedico a descubrir discos nuevos por placer, suelo volver a otros viejos, a recordar temas empolvados, a encontrarme con canciones olvidadas. Y es un hecho curioso el que algunas canciones acaben volviendo justo en el momento indicado. Tal vez sea el subconsciente el que las traiga a colación a medida que repasa eventos presentes y los relaciona con otros pasados. Tal vez sea una conspiración divina. O tal vez solo casualidad. Como con todos estos temas, suelo ser tan paranoico como escéptico. Creo y no creo, pero en últimas simplemente observo divertido.
He estado introspectivo las últimas semanas, bastante alejado de la realidad, muy ensimismado (¿enmimismado?). Eso me ha puesto algo huraño, porque las cosas que me sacan de ese extraño y lejano lugar, suelen parecerme nimias y poco merecedoras de mi atención, aunque no sea así en verdad, y acabo por ponerme algo irritable e intolerante. Es una sensación agradable por momentos, porque es como entrar a una biblioteca repleta de volúmenes por descubrir. Ves tus pensamientos pasar, y captas detalles suyos que no sueles agarrar normalmente. Por supuesto, la realidad pasa a un segundo plano, pero el torrente de ideas es imparable. El problema es que cualquier detalle te parece inicialmente importante, pero sólo es un chispazo, no necesariamente un germen de historia, sino tal vez una pincelada para retocar un personaje o una situación. Y como abundan esas ideas pequeñas, acabas por dejar pasar muchas, porque en verdad no puedes ponerle atención a todas. Y por supuesto el hecho de vivir en otra dimensión acaba por alejarte de todo, así que es mejor proponérselo y aterrizar a la fuerza, así sea sólo un rato.
Y luego está ese problema de la irritabilidad. Alguien me dijo alguna vez que "existía sin esfuerzo", un halago bastante original y que me gustó mucho. Pero el fin de semana, luego de verme en un arrebato de ira (suena peor de lo que fue) me dijo que ya no lo hacía. ¡Ups! Bueno, parece que soy humano después de todo...
Y es que en verdad sólo soy un tipo más, interesado en los mismos temas aburridos que todo el mundo: la naturaleza de la realidad, los sueños lúcidos y las musarañas. Ah, ¿que no son los de todo el mundo? Yo pensaba...
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lunes, 30 de marzo de 2009
lunes, 12 de enero de 2009
Un domingo como cualquier otro
Los domingos son días agradables, por decirlo de alguna manera. Solía preferir los sábados, porque me parecían días de actividad. Se descansaba pero haciendo algo, no vagando perezosamente. Aún es así, pero he aprendido también a disfrutar de la quietud y la lasitud de los domingos. Salir a caminar por la ciudad, vacía, tranquila, tratar infructuosamente de perderme en laberintos de concreto, dejar que mi mente nade en sí misma sin tener que mirar cada calle que atravieso... Pareciera como deslizándome a través de las grietas del tiempo: todo en una velocidad inusitadamente más lenta, mientras yo conservo la mía. Se pueden ver detalles que habitualmente no puedes en las casas y los edificios. En medio del trajín y las ocupaciones, no se puede ver el bosque por los árboles, pero un domingo... un domingo todo es diferente. Una pizzería deja salir olores a ajo y salami con claridad, sin que tercien otros aromas entre esos. Los sonidos del viento entre las calles se hacen claros, alejados del bullicio de los pitos y los frenos de los carros. Los buses pasan siempre con asientos libres, cruzar una esquina no es una aventura suicida, y con paciencia, puedes llegar donde quieras. La ciudad es tuya.
Un video más. Una buena canción de Death Cab for Cutie, I Will Possess Your Heart. Como siempre, las letras de Ben Gibbard tocan algo por dentro. Y sus casi cinco minutos de introducción, sin letras, son una maravilla.
Un video más. Una buena canción de Death Cab for Cutie, I Will Possess Your Heart. Como siempre, las letras de Ben Gibbard tocan algo por dentro. Y sus casi cinco minutos de introducción, sin letras, son una maravilla.
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martes, 30 de diciembre de 2008
Un escargot
Un limmerick que escribí hoy en la mañana. Nada fuera de lo normal, pero a mí me gustó.
UN ESCARGOT
On the evening of May the 23rd
something happened I'd never heard:
a curious snail managed to crawl
alone, inside a very old hall
that had been closed for too much time
for it was once the place of a gruesome crime.
But he was brave and had no fear
and of course he'd never shed a tear.
He never looked behind his back,
his courage never showed a crack.
He entered alone inside the room
and it was filled with so much gloom
enough to make anyone shiver
and pour and sweat just like a river.
He slipped across the wooden floor
watching carefully the wall decor.
And when he was about to reach an armor
standing tall inside a glass door,
the lights went up, a ball began
and the poor snail just couldn't run!
He couldn't move, he was scared stiff,
like an old lady a step before a cliff.
He tried to hide inside his shell
but it was about to be unleashed hell,
and with a crunch, and a loud squish
he became something, he didn't wish.
Another crime had been committed
but no one would ever had admitted
that some snail's entrails over the parquet
were more than a nuisance for a nice soiree.
UN ESCARGOT
On the evening of May the 23rd
something happened I'd never heard:
a curious snail managed to crawl
alone, inside a very old hall
that had been closed for too much time
for it was once the place of a gruesome crime.
But he was brave and had no fear
and of course he'd never shed a tear.
He never looked behind his back,
his courage never showed a crack.
He entered alone inside the room
and it was filled with so much gloom
enough to make anyone shiver
and pour and sweat just like a river.
He slipped across the wooden floor
watching carefully the wall decor.
And when he was about to reach an armor
standing tall inside a glass door,
the lights went up, a ball began
and the poor snail just couldn't run!
He couldn't move, he was scared stiff,
like an old lady a step before a cliff.
He tried to hide inside his shell
but it was about to be unleashed hell,
and with a crunch, and a loud squish
he became something, he didn't wish.
Another crime had been committed
but no one would ever had admitted
that some snail's entrails over the parquet
were more than a nuisance for a nice soiree.
domingo, 21 de diciembre de 2008
Desvaríos al anochecer
A veces la música me trae extraños recuerdos. No necesariamente imágenes claras, sino sensaciones, algo así como lo que sentía en determinada época de mi vida. Ahora estaba sonando en la radio una canción de Rick Astley y recordé los años ochenta, cuando iba al colegio, en primaria, y la sensación no fue muy agradable, vaya a saber por qué. No lo pasé mal en el colegio, pero si me preguntan, no fue una de mis épocas más gratificantes. Quizá más de un nudo está enredado en el subconsciente de esa manera, sin que uno pueda reconocer por qué se siente extraño ante determinada situación, y lo que ocurre es que la viene arrastrando desde que era muy pequeño, por algún suceso hasta bastante estúpido.
Sonó también Another Day in Paradise, de Phil Collins (antes de que me crucifiquen, es mi padre quien oye esa emisora, no yo. A mí no me molestan los clásicos de los ochenta, ni siquiera esos detestables como los citados, pero de ahí a ponerlos voluntariamente, hay un largo trecho). Ese me trajo recuerdos más claros: navidad de 1989 en Madrid, recién llegados a España. Un ambiente completamente diferente, un barrio al que no estaba acostumbrado, con una vía de tren abandonada que lo atravesaba y marcaba la vida de los niños del lugar. Un invierno que no había sentido nunca, con ausencia de vegetación por la caída de las hojas de los árboles. Frío de un par de grados bajo cero en algunas mañanas. Y ante todo, días cortísimos. La noche era larga y se apoderaba del estado de ánimo. Recuerdo el primer apartamento en el que vivimos, con las luces de las lámparas bajas, que le otorgaban una atmósfera cálida al ambiente, más hogareña. Yo vivía en un sexto piso, y de mi casa se veía un grafitti que decía "Joputa" en uno de los edificios del frente. Los parques que serpenteaban entre los edificios eran de arena, no de césped, y siempre estaban así, fuera verano o invierno. Yo sentía una extraña incomodidad, viendo que aquel mundo era tan distinto al que estaba acostumbrado. La estética de los ochenta aún estaba en todas partes, como en las etiquetas de Nocilla, la versión española de la Nutella, en la que aparecía un niño de peinado con flequillo. Los programas de televisión tenían ese genuino sabor europeo a gala. Rafaella Carrá presentaba un programa de variedades que olía a Eurovisión. Y mi habitación daba a un patio interior donde podías ver cómo se secaban las ropas de todos los vecinos. Algo muy distinto a lo que hasta entonces había vivido en Medellín.
Todo eso me dejó una profunda marca. Los días grises vuelven a traerme esas imágenes lejanas en el tiempo, pero todavía presentes en la memoria. Sé que los años que pasé en España me formaron bastante. Creo que no sería el mismo de haberme quedado en esta ciudad. ¿Oiría la misma música? ¿Me interesarían los cómics y el cine? ¿Habría estudiado ingeniería química como decía cuando era un niño y ni siquiera sabía qué era eso? Nadie lo sabe. Lo que sí sé es que la memoria me sigue pareciendo un mundo extraño. Un cajón de sastre donde se almacenan multitud de impresiones, y de donde salen a veces unas cosas asombrosas si sabes buscar adecuadamente. La materia prima de la creación. No hace falta ser un aventurero, ni tener miles de influencias. La verdad es que si sabes buscar dentro de tí, encuentras mundos para plasmar en un papel, en una partitura, o en donde creas conveniente.
Un mundo de invenciones y recuerdos, fundidos en uno solo, que se convierte en tu único refugio cuando estás contigo mismo.
Sonó también Another Day in Paradise, de Phil Collins (antes de que me crucifiquen, es mi padre quien oye esa emisora, no yo. A mí no me molestan los clásicos de los ochenta, ni siquiera esos detestables como los citados, pero de ahí a ponerlos voluntariamente, hay un largo trecho). Ese me trajo recuerdos más claros: navidad de 1989 en Madrid, recién llegados a España. Un ambiente completamente diferente, un barrio al que no estaba acostumbrado, con una vía de tren abandonada que lo atravesaba y marcaba la vida de los niños del lugar. Un invierno que no había sentido nunca, con ausencia de vegetación por la caída de las hojas de los árboles. Frío de un par de grados bajo cero en algunas mañanas. Y ante todo, días cortísimos. La noche era larga y se apoderaba del estado de ánimo. Recuerdo el primer apartamento en el que vivimos, con las luces de las lámparas bajas, que le otorgaban una atmósfera cálida al ambiente, más hogareña. Yo vivía en un sexto piso, y de mi casa se veía un grafitti que decía "Joputa" en uno de los edificios del frente. Los parques que serpenteaban entre los edificios eran de arena, no de césped, y siempre estaban así, fuera verano o invierno. Yo sentía una extraña incomodidad, viendo que aquel mundo era tan distinto al que estaba acostumbrado. La estética de los ochenta aún estaba en todas partes, como en las etiquetas de Nocilla, la versión española de la Nutella, en la que aparecía un niño de peinado con flequillo. Los programas de televisión tenían ese genuino sabor europeo a gala. Rafaella Carrá presentaba un programa de variedades que olía a Eurovisión. Y mi habitación daba a un patio interior donde podías ver cómo se secaban las ropas de todos los vecinos. Algo muy distinto a lo que hasta entonces había vivido en Medellín.
Todo eso me dejó una profunda marca. Los días grises vuelven a traerme esas imágenes lejanas en el tiempo, pero todavía presentes en la memoria. Sé que los años que pasé en España me formaron bastante. Creo que no sería el mismo de haberme quedado en esta ciudad. ¿Oiría la misma música? ¿Me interesarían los cómics y el cine? ¿Habría estudiado ingeniería química como decía cuando era un niño y ni siquiera sabía qué era eso? Nadie lo sabe. Lo que sí sé es que la memoria me sigue pareciendo un mundo extraño. Un cajón de sastre donde se almacenan multitud de impresiones, y de donde salen a veces unas cosas asombrosas si sabes buscar adecuadamente. La materia prima de la creación. No hace falta ser un aventurero, ni tener miles de influencias. La verdad es que si sabes buscar dentro de tí, encuentras mundos para plasmar en un papel, en una partitura, o en donde creas conveniente.
Un mundo de invenciones y recuerdos, fundidos en uno solo, que se convierte en tu único refugio cuando estás contigo mismo.
jueves, 18 de diciembre de 2008
Amor a Primera Vista
Tengo que reconocer que no me gusta la poesía. No es que la odie, ni nada por el estilo, pero no he encontrado muchas cosas que de verdad me toquen, aunque a decir verdad, tampoco he hurgado mucho en el tema. Lo que pongo a continuación es algo que me pareció bonito, un trozo del cual sale en el libro Desencuentros, de Jimmy Liao, el mismo autor de El Sonido de los Colores. El poema es de Wyslawa Szymborska y se llama como este mismo post.
Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.
Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,
una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.
Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?
Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.
Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.
Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.
Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,
una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.
Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?
Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.
Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Precious Little Things
He llegado a la conclusión de que los regalos más significativos suelen ser los más "insignificantes". Es casi como regalar una metáfora. Para mí, los que más recuerdo son precisamente esos, no los grandilocuentes, los que valen mucho dinero. Unas postales de Spiderman, un pin de Megatron, una especie de Polly Pocket con Qui Gon Jinn peleando contra Darth Maul, unas navecitas de Star Wars, el Animalario del Profesor Revillod, una foto de un mensaje escrito con tiza sobre la acera... Son esos que te dan y sientes que conectaron contigo, que de verdad tocaron una parte de tí, que son lo que tú eres en el fondo.
Igualmente, prefiero dar una chocolatina Jet pequeña que una Snickers, dependiendo de la ocasión. Creo que puede decir más.
Like Dylan in the Movies, de Belle and Sebastian. Una de mis canciones favoritas... aunque podría decir eso de otro par de cientos. Ah, y sale Isobel Campbell...
Igualmente, prefiero dar una chocolatina Jet pequeña que una Snickers, dependiendo de la ocasión. Creo que puede decir más.
Like Dylan in the Movies, de Belle and Sebastian. Una de mis canciones favoritas... aunque podría decir eso de otro par de cientos. Ah, y sale Isobel Campbell...
lunes, 17 de noviembre de 2008
Batalla Perdida
Cada vez que termino de ver una película pienso: "Me queda una menos para verme todas las películas que existen"
Sé que nunca lo lograré, tal vez ni siquiera logre verme todas las que tengo en mi casa, pero igual me gusta pensar en ello.
Sé que nunca lo lograré, tal vez ni siquiera logre verme todas las que tengo en mi casa, pero igual me gusta pensar en ello.
domingo, 16 de noviembre de 2008
We played with our hearts until they were useless toys and forgot them in the attic
Decía Einstein que el tiempo es relativo: tres horas con la persona que amas parecen tres segundos, mientras tres segundos sentado en una estufa ardiendo parecen tres horas.
Title and Registration, de Death Cab for Cutie, propone una bonita imagen sobre el recuerdo: la guantera, que al abrirla te trae a la memoria recuerdos en forma de souvenirs de otros tiempos.
Dos frases aparentemente inconexas que hoy cobraron sentido para mí, cuando fui consciente del paso del tiempo y de la desaparición de ciertos sentimientos. Un par de meses, un par de semanas, no importa, la cifra exacta de días que han pasado, siempre se tiene una percepción diferente a la real. ¿Tanto tiempo ha pasado desde entonces? ¿Tan poco? Dependiendo de las situaciones, no puedes sino quedarte maravillado ante la poca relación que existe entre un momento significativo y el tiempo que ha durado o ha pasado desde entonces.
A veces esos recuerdos parecen fotografías ajadas de quién eras en ese momento, dejándote con una sensación de inconexión con la realidad. ¿Ese era yo? ¿Yo sentía eso? Incluso pareciera que esos eventos pertenecieran a la ficción y no a tu vida real. Y te das cuenta de cómo has cambiado, de cómo el tiempo ha transcurrido sin que te hubieras percatado de ello. No eres el mismo de antes, aunque creas que sí. Es como cuando ves a tus primitos todos los días, y no notas cómo crecen, pero luego dejas de verlos una temporada, y al reencontrarte con ellos, te asombras de cuan crecidos están. Así pasa con uno. Al recordar algo valioso de un pasado que incluso no tiene que ser tan remoto, que puede ser de algo tan cercano como, no sé, un par de semanas, a veces piensas, "He cambiado, no soy el mismo", y los recuerdos se ven con distancia, apartados de ti. No se puede evitar sentir nostalgia por un ayer que parecía más bonito y del que hoy no quedan sino trazas. No sólo tú no eres el mismo. Los demás tampoco lo son, y tal vez lo que significaban para ti tampoco sea lo mismo, lo que no deja de doler un poco.
Title and Registration, de Death Cab for Cutie, propone una bonita imagen sobre el recuerdo: la guantera, que al abrirla te trae a la memoria recuerdos en forma de souvenirs de otros tiempos.
Dos frases aparentemente inconexas que hoy cobraron sentido para mí, cuando fui consciente del paso del tiempo y de la desaparición de ciertos sentimientos. Un par de meses, un par de semanas, no importa, la cifra exacta de días que han pasado, siempre se tiene una percepción diferente a la real. ¿Tanto tiempo ha pasado desde entonces? ¿Tan poco? Dependiendo de las situaciones, no puedes sino quedarte maravillado ante la poca relación que existe entre un momento significativo y el tiempo que ha durado o ha pasado desde entonces.
A veces esos recuerdos parecen fotografías ajadas de quién eras en ese momento, dejándote con una sensación de inconexión con la realidad. ¿Ese era yo? ¿Yo sentía eso? Incluso pareciera que esos eventos pertenecieran a la ficción y no a tu vida real. Y te das cuenta de cómo has cambiado, de cómo el tiempo ha transcurrido sin que te hubieras percatado de ello. No eres el mismo de antes, aunque creas que sí. Es como cuando ves a tus primitos todos los días, y no notas cómo crecen, pero luego dejas de verlos una temporada, y al reencontrarte con ellos, te asombras de cuan crecidos están. Así pasa con uno. Al recordar algo valioso de un pasado que incluso no tiene que ser tan remoto, que puede ser de algo tan cercano como, no sé, un par de semanas, a veces piensas, "He cambiado, no soy el mismo", y los recuerdos se ven con distancia, apartados de ti. No se puede evitar sentir nostalgia por un ayer que parecía más bonito y del que hoy no quedan sino trazas. No sólo tú no eres el mismo. Los demás tampoco lo son, y tal vez lo que significaban para ti tampoco sea lo mismo, lo que no deja de doler un poco.
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miércoles, 12 de noviembre de 2008
El camino de ladrillo amarillo
Algo que me encanta hacer es caminar. Recorrer calles y calles, de un lado a otro, conociendo lugares nuevos o rememorando eventos pasados. En esta ciudad no hay muchos espacios donde se pueda hacer eso, así que no puedo descubrir lugares desconocidos con la frecuencia que desearía, y entonces me toca recorrer los mismos sitios. Pero aún así, es algo que trato de hacer con la mayor frecuencia posible. Caminar me despeja la mente, me hace pensar en cosas inusuales y me distrae. Y si estoy con buena compañía, mejor que mejor.
En estos días me di cuenta de algo que hacía inconscientemente mientras caminaba por ciertas calles. Las aceras que desde hace un tiempo se están construyendo en la ciudad llevan una hilera de bloques con una textura diferente: unas rayitas que según tengo entendido son para los ciegos, que de esta manera pueden sentir con los bastones por dónde deben seguir. Así, cuando llegan a un cruce, hay unos bloques que lo indican, para no irse de bruces contra un carro en movimiento. Para uno esto puede pasar desapercibido, pero imagino que para ellos es mucho más significativo. Estos bloques de rayitas son de color amarillo en algunos sitios. No imagino para qué, ya que ellos no pueden verlos. La cuestión es que me descubrí caminando por esos caminos, siguiéndolos por donde iban, aunque a veces tuvieran curvas que no hubiera necesidad de seguir. No es una de esas actitudes neuróticas de no pisar las ranuras de las baldosas, sino algo que hace mimente por su propia cuenta, y para lo que no hallo explicación. Simplemente me encuentro siguiendo ese camino, como cuando un niño juega a hacer equilibrio en los bordes de ciertos jardines, cosa que también me he descubierto haciendo a veces.
Al caminar por uno de esos senderos, me di cuenta de lo que estaba haciendo: estaba recorriendo el camino de ladrillo amarillo. Aún no he llegado a Oz, pero quién sabe, puede que algún día lo haga.
En estos días me di cuenta de algo que hacía inconscientemente mientras caminaba por ciertas calles. Las aceras que desde hace un tiempo se están construyendo en la ciudad llevan una hilera de bloques con una textura diferente: unas rayitas que según tengo entendido son para los ciegos, que de esta manera pueden sentir con los bastones por dónde deben seguir. Así, cuando llegan a un cruce, hay unos bloques que lo indican, para no irse de bruces contra un carro en movimiento. Para uno esto puede pasar desapercibido, pero imagino que para ellos es mucho más significativo. Estos bloques de rayitas son de color amarillo en algunos sitios. No imagino para qué, ya que ellos no pueden verlos. La cuestión es que me descubrí caminando por esos caminos, siguiéndolos por donde iban, aunque a veces tuvieran curvas que no hubiera necesidad de seguir. No es una de esas actitudes neuróticas de no pisar las ranuras de las baldosas, sino algo que hace mimente por su propia cuenta, y para lo que no hallo explicación. Simplemente me encuentro siguiendo ese camino, como cuando un niño juega a hacer equilibrio en los bordes de ciertos jardines, cosa que también me he descubierto haciendo a veces.
Al caminar por uno de esos senderos, me di cuenta de lo que estaba haciendo: estaba recorriendo el camino de ladrillo amarillo. Aún no he llegado a Oz, pero quién sabe, puede que algún día lo haga.
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martes, 11 de noviembre de 2008
Una cuestión importante
Hoy cuando venía en el taxi de regreso a casa, al detenernos en un semáforo, me di cuenta de que sobre el separador de dos carriles en una avenida, una hormiga corría a toda velocidad. Me pregunté si se habría pasado toda su vida en ese separador, sin conocer nada más que unos cuantos árboles en un centenar de metros, o si por casualidad alguna vez habría cruzado la calle para ver qué más hay allá. Sería como Colón descubriendo un nuevo continente, dándose cuenta de que también hay jardines y edificios y paradas de buses y obras en construcción. Lo que me llevó a otra pregunta: ¿podría una hormiga cruzar una avenida plagada de carros sin ser atropellada en el camino?
Acabo de obtener una respuesta que no involucra el azar: sí, de noche.
Acabo de obtener una respuesta que no involucra el azar: sí, de noche.
domingo, 9 de noviembre de 2008
Ensoñación
Cuando era pequeño me gustaba dormirme imaginando que caía de un avión, sintiendo el aire contra mi cuerpo mientras atravesaba las nubes. En vez de vértigo, tenía una sensación de libertad única que me encantaba, y que me ayudaba a quedarme dormido con gran placidez. Esa capacidad la mantuve durante muchos años: imaginar algo tan vívidamente que el cuerpo se convencía de que era cierto. No era simplemente cerrar los ojos y proyectar la película, sino engañar al resto del cuerpo para que sintiera algo que, en apariencia, no estaba ocurriendo.
Con el paso de los años la diversión tomó matices "suicidas". Me gustaba imaginar que me lanzaba de un edificio, cayendo al vacío y deteniéndome en el momento justo antes de golpear el suelo, observando lo que había ante mi rostro, apenas unos centímetros delante. Era sentir la emoción de una montaña rusa, el miedo de estamparse contra el pavimento, convencerme de que era cierto y que estaba cayendo en serio, con el peligro que ello conllevaba. Ya no era sólo disfrutar la caída, sino observar el suelo acercarse a mí, y antes del momento fatal, poner pausa. Créanme, era una sensación bastante emocionante.
Por alguna razón, algo pasó en mi mente. Hace unos años me deprimí durante unos meses, y creo que eso perturbó ciertos mecanismos internos de mi cerebro. Nada grave, pero sí alteró comportamientos que antes daba por aprendidos. Dormir, por ejemplo. Me volví insomne y parecía que ya no sabía cómo caer en brazos de Morfeo. Cerraba los ojos pero nada pasaba. "¿Qué más hay que hacer?", me decía a mí mismo. Los sueños ya no eran excursiones al otro lado, sino repeticiones de eventos cotidianos, vueltos a vivir hasta la saciedad en un bucle maldito del que no podía salir. Eso si conseguía recordarlos, porque si antes sabía cómo rememorar los sueños de la noche anterior, de repente pareció como si ya no soñara nada, cosa que nunca es cierta. Todos soñamos, otra cosa es que no recordemos lo que pasa mientras dormimos. Y junto a los sueños, otra víctima de ello fue la capacidad de imaginar como antes.
Hace apenas un par de días, sin quererlo, volví a encontrarme volando entre la vigilia y el sueño, cabalgando entre la realidad y la imaginación, en ese punto en el que eres consciente pero no estás forzando lo que pasa por tu mente, y aún así puedes manipularlo. Volé otra vez, sentí la misma emoción olvidada, pude crear el mundo que veía, en lugar de ser un simple espectador sin poder sobre lo que se me muestra, y aún así no se quebró en mil pedazos la corriente de imágenes con un sobresalto por haberlo conseguido. Estaba dentro sin dejarme llevar del todo, siendo el dueño de todo lo que allí ocurría, sin por ello forzarlo. Y me sentí otra vez como cuando niño, libre, capaz de hacer cualquier cosa allá dentro. Más de una idea pude robarme de ese lugar, más de un paisaje que nunca había visto pude visitar... Y lo mejor es que desde entonces he podido volver ese sitio de nuevo, a voluntad, con sólo cerrar los ojos, mientras estoy acostado en mi cama.
Y aunque esto suene a ficción, es tan real como los sueños que cada noche he vuelto a tener.
Con el paso de los años la diversión tomó matices "suicidas". Me gustaba imaginar que me lanzaba de un edificio, cayendo al vacío y deteniéndome en el momento justo antes de golpear el suelo, observando lo que había ante mi rostro, apenas unos centímetros delante. Era sentir la emoción de una montaña rusa, el miedo de estamparse contra el pavimento, convencerme de que era cierto y que estaba cayendo en serio, con el peligro que ello conllevaba. Ya no era sólo disfrutar la caída, sino observar el suelo acercarse a mí, y antes del momento fatal, poner pausa. Créanme, era una sensación bastante emocionante.
Por alguna razón, algo pasó en mi mente. Hace unos años me deprimí durante unos meses, y creo que eso perturbó ciertos mecanismos internos de mi cerebro. Nada grave, pero sí alteró comportamientos que antes daba por aprendidos. Dormir, por ejemplo. Me volví insomne y parecía que ya no sabía cómo caer en brazos de Morfeo. Cerraba los ojos pero nada pasaba. "¿Qué más hay que hacer?", me decía a mí mismo. Los sueños ya no eran excursiones al otro lado, sino repeticiones de eventos cotidianos, vueltos a vivir hasta la saciedad en un bucle maldito del que no podía salir. Eso si conseguía recordarlos, porque si antes sabía cómo rememorar los sueños de la noche anterior, de repente pareció como si ya no soñara nada, cosa que nunca es cierta. Todos soñamos, otra cosa es que no recordemos lo que pasa mientras dormimos. Y junto a los sueños, otra víctima de ello fue la capacidad de imaginar como antes.
Hace apenas un par de días, sin quererlo, volví a encontrarme volando entre la vigilia y el sueño, cabalgando entre la realidad y la imaginación, en ese punto en el que eres consciente pero no estás forzando lo que pasa por tu mente, y aún así puedes manipularlo. Volé otra vez, sentí la misma emoción olvidada, pude crear el mundo que veía, en lugar de ser un simple espectador sin poder sobre lo que se me muestra, y aún así no se quebró en mil pedazos la corriente de imágenes con un sobresalto por haberlo conseguido. Estaba dentro sin dejarme llevar del todo, siendo el dueño de todo lo que allí ocurría, sin por ello forzarlo. Y me sentí otra vez como cuando niño, libre, capaz de hacer cualquier cosa allá dentro. Más de una idea pude robarme de ese lugar, más de un paisaje que nunca había visto pude visitar... Y lo mejor es que desde entonces he podido volver ese sitio de nuevo, a voluntad, con sólo cerrar los ojos, mientras estoy acostado en mi cama.
Y aunque esto suene a ficción, es tan real como los sueños que cada noche he vuelto a tener.
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viernes, 7 de noviembre de 2008
Sentir el vacío
Ayer en la mañana desperté contento. No tenía una razón particular para ello. Simplemente al salir de casa, me sentía bien, no demasiado eufórico, no demasiado... No. Simplemente en un perfecto punto medio de felicidad que es complicado de describir, pero que te hace pensar que si mantuvieras ese estado el resto de tu vida, todo estaría bien. Obviamente en la vida real, te aburrirías de la monotonía, pero lo placentero te hace desear cosas de esas, aunque la gracia siempre esté en alternar repetición y contraste.
En la calle, tomé el metro para ir a la universidad y puse en mi reproductor de mp3 un recopilatorio de los Stone Roses. La primera vez que los oí fue en España, a principios de los noventa, cuando salió el Second Coming y el single que sonaba en la radio era Love Spreads. La época del britpop de Suede y Elastica, tanta cosa que me dejó una huella profunda que todavía hoy se puede apreciar. Desde entonces me han gustado, aunque he preferido sus canciones más rockeras a las demás: Love Spreads, Tears, Breaking into Heaven... Pero hoy, mientras iba mirando por la ventana del vagón, sonaba en los audífonos Ten Storey Love Song, y no sólo sentí que la canción era perfecta, sino que el momento también lo era. Uno de esos en los que la vida tiene banda sonora. Para que eso ocurra no basta con ponerse los audífonos y salir a caminar. Tiene que encajar la música, el momento, lo que ves, lo que sientes... Y entonces sí te sientes como viviendo una película por un instante. Uno de esos montajes de planos bonitos con música bonita, que no tienen mayor contenido que el de las sensaciones que despiertan en tu interior. Nada de pensamientos, sino la pureza de vivir el momento sin obstrucciones. Supongo que a algo parecido se refería William Blake cuando dijo que si se limpiaran las puertas de la percepción todo aparecería como es realmente: infinito.
La música se sentía realmente bien, y la vida también lo hacía, a pesar de cualquier cosa que tenga en la cabeza por estos días.
Unos pájaros volaban por entre los edificios. Nada que no se vea cualquier otro día. Pero en ese momento era algo especial.
Era uno de esos instantes en los que, por una vez y a pesar de todo, la vida parecía encajar en su sitio.
En la calle, tomé el metro para ir a la universidad y puse en mi reproductor de mp3 un recopilatorio de los Stone Roses. La primera vez que los oí fue en España, a principios de los noventa, cuando salió el Second Coming y el single que sonaba en la radio era Love Spreads. La época del britpop de Suede y Elastica, tanta cosa que me dejó una huella profunda que todavía hoy se puede apreciar. Desde entonces me han gustado, aunque he preferido sus canciones más rockeras a las demás: Love Spreads, Tears, Breaking into Heaven... Pero hoy, mientras iba mirando por la ventana del vagón, sonaba en los audífonos Ten Storey Love Song, y no sólo sentí que la canción era perfecta, sino que el momento también lo era. Uno de esos en los que la vida tiene banda sonora. Para que eso ocurra no basta con ponerse los audífonos y salir a caminar. Tiene que encajar la música, el momento, lo que ves, lo que sientes... Y entonces sí te sientes como viviendo una película por un instante. Uno de esos montajes de planos bonitos con música bonita, que no tienen mayor contenido que el de las sensaciones que despiertan en tu interior. Nada de pensamientos, sino la pureza de vivir el momento sin obstrucciones. Supongo que a algo parecido se refería William Blake cuando dijo que si se limpiaran las puertas de la percepción todo aparecería como es realmente: infinito.
La música se sentía realmente bien, y la vida también lo hacía, a pesar de cualquier cosa que tenga en la cabeza por estos días.
Unos pájaros volaban por entre los edificios. Nada que no se vea cualquier otro día. Pero en ese momento era algo especial.
Era uno de esos instantes en los que, por una vez y a pesar de todo, la vida parecía encajar en su sitio.
martes, 4 de noviembre de 2008
Sincronicidad
Es curioso cómo a veces ocurren cosas de la manera más inesperada, como si encajaran en alguna clase de conspiración cósmica. Tal vez sean simples coincidencias, que unidas a una mente fantasiosa, dan como resultado una supuesta historia detrás de un día común y corriente. O tal vez no. Tal vez sí hay alguna clase de señal extraña detrás de todo esto, esperando a ser descifrada. Suena muy Matrix, pero no es tal cosa. No pienso en realidades virtuales, sino en que tal vez todo podría tener un sentido. Un suceso seguido de una película que relacionas con ese evento, y algunas piezas más que parecen encontrar eco unas en otras. Tal vez sólo es la manera en que el cerebro funciona, encontrando asociaciones inesperadas. No soy experto en psicoanálisis, para nada, pero sí me fascina ese concepto jungiano de la sincronicidad. Esos instantes en los que estás "sincrónico" con el resto de la existencia, y por un momento lo notas a través de casualidades o sucesos como de los que hablo.
O tal vez nada pase y sólo sea uno, que está paranoico y con ganas de creer que todo tiene un sentido y pasa por una razón, cuando en realidad detrás no hay nada. ¿Pero no es mejor creer en algo así que perder la esperanza? Al menos es más divertido imaginar historias en la cabeza, ¿no?
Ya sé que no dije nada, pero es que no hay nada qué decir. Sólo era un diálogo que tenía en mi cabeza después de ver una peli de Richard Linklater. Y no, no es A Scanner Darkly, ni Waking Life.
O tal vez nada pase y sólo sea uno, que está paranoico y con ganas de creer que todo tiene un sentido y pasa por una razón, cuando en realidad detrás no hay nada. ¿Pero no es mejor creer en algo así que perder la esperanza? Al menos es más divertido imaginar historias en la cabeza, ¿no?
Ya sé que no dije nada, pero es que no hay nada qué decir. Sólo era un diálogo que tenía en mi cabeza después de ver una peli de Richard Linklater. Y no, no es A Scanner Darkly, ni Waking Life.
jueves, 30 de octubre de 2008
Recuerdos en los bolsillos
Esta mañana cuando me vestía, encontré una servilleta usada en uno de los bolsillos del pantalón. Lo primero que hice fue echar cabeza a ver de dónde era, y recordé que fue de la semana pasada, justo hace siete días, cuando fui con una amiga a comer algo luego de comprar ropa. Ella pidió un pie de manzana, y yo un cheesecake de mora. Lo recuerdo bien porque ese día empezaba mi resfriado, y estaba un poco mocoso, así que tuve que usar la servilleta para evitar que esa molesta gotita que se resguardaba en mi nariz, se escurriera. Eso me lleva también a los días en los que vivía en España, cuando el invierno comenzaba a hacerse sentir, e inevitablemente, uno tras otro en el salón del colegio, íbamos cayendo víctimas de los mocos y los estornudos. Y si te pillaba un día en el que no habías llevado kleenex en la mochila, la cosa iba mal, porque sólo tenías tus manos para secarte.
Otras veces encuentro entradas de cine en las chaquetas, incluso con meses de separación entre el evento y el presente. Eso me hace un poco consciente del paso del tiempo, de lo extraño que es todo a veces, porque normalmente estamos tan metidos en los quehaceres diarios, que se nos pasa la vida sin darnos cuenta. Y eso sirve de recordatorio para poner algo más de atención.
Me gusta encontrar cosas en los bolsillos de la ropa. Me hace recordar cuándo fue la última vez que me puse eso mismo. Es como volver un poquito material un recuerdo que normalmente es intangible. Y eso hace que se vuelva un poco más especial. Ya no es uno más entre todos los pensamientos, sino que, por algún motivo, ha vuelto, más fuerte.
No es que sea un gran acontecimiento, pero sí alegra un poco el día.
Otras veces encuentro entradas de cine en las chaquetas, incluso con meses de separación entre el evento y el presente. Eso me hace un poco consciente del paso del tiempo, de lo extraño que es todo a veces, porque normalmente estamos tan metidos en los quehaceres diarios, que se nos pasa la vida sin darnos cuenta. Y eso sirve de recordatorio para poner algo más de atención.
Me gusta encontrar cosas en los bolsillos de la ropa. Me hace recordar cuándo fue la última vez que me puse eso mismo. Es como volver un poquito material un recuerdo que normalmente es intangible. Y eso hace que se vuelva un poco más especial. Ya no es uno más entre todos los pensamientos, sino que, por algún motivo, ha vuelto, más fuerte.
No es que sea un gran acontecimiento, pero sí alegra un poco el día.
sábado, 25 de octubre de 2008
Morning Sickness
A veces el cuerpo se rebela. Son días en los que uno se da cuenta de que el cuerpo va por un lado, que uno no es el cuerpo, porque si lo fuera, si la consciencia gobernara de verdad, no habría esa discordancia. El cuerpo tiene su propia autonomía. No es que se levante sólo y se vaya caminando, y uno no pueda hacer nada, pero sí ha tomado sus propias decisiones en lo concerniente a determinados asuntos.
Por ejemplo, el asma. Soy asmático desde que nací. Mi infancia está llena de recuerdos de noches en vela, en brazos de mis padres, con esa indescriptible agonía de la falta de aire, con los hombros casi en las orejas, y el pecho expandido a más no poder, tratando de capturar lo que más podía de aire. Jarabes de todos los colores y sabores, que debía tomar para mejorar. Años más tarde, inhaladores que proveían una mejora mucho más rápida. Afortunadamente no tuve que pasar por la adrenalina, como mi papá sí tuvo que hacerlo, la única manera de atajar una crisis en sus días de infante. Si el salbutamol me molesta con su leve taquicardia, no imagino qué hubiera sido con un chute de adrenalina, y esa sí pura.
El asma desapareció durante muchos años. De hecho solía decir "Yo era asmático". Últimamente no más. Ha vuelto. Y está persistente. Toso continuamente, no puedo hablar con tanta fluidez porque cada frase viene puntuada por un par de toses. Llevo algo así como un mes usando los inhaladores, y la verdad, sí, mejoro. Pero no siento que sea una mejoría real, duradera. Y me asusta, porque no quiero que en un futuro se complique. Esta ciudad me asfixia de muchas maneras, pero una de ellas es la más obvia: el maldito humo de todos los carros y buses. Seguro que algo tendrá que ver en el renacer de ese karma. Y mi abuelo padeció de enfisema, aunque él fue fumador. Y mi papá heredó la misma maldición de la falta de aire. Y yo me resisto a seguir ese mismo destino. Pero, ¿tiene sentido negar la genética? ¿No es como querer negar la gravedad?
Sé que soy algo hipocondríaco, que a veces temo lo peor cuando siento algunos síntomas y busco en internet qué podrá ser lo que me aqueja. Por estos días ando un poco preocupado al respecto. No me siento bien, y me da miedo seguir así. Y no puedo si no, a veces, pensar en lo terrible que podría ser convertirse en el poco afortunado ganador de una de esas loterías infernales que puede ser una enfermedad degenerativa. Algo como el Parkinson, o el Alzheimer. Sobre todo las cosas que son relativas a la mente me asustan de manera especial: no poder controlar el cuerpo, o que la mente se pierda en las brumas de quién sabe qué dimensión... No poder ser quien eres, como en los horribles cuentos de Lovecraft... ¿Entonces quién serías?
Supongo que mañana cuando me levante debería pensar en otras cosas y tratar de no ocupar mi mente con cosas tan trágicas. Espero que esto sirva para desechar esos pensamientos de mi cabeza. Hay cosas mucho mejores en qué pensar.
Por ejemplo, el asma. Soy asmático desde que nací. Mi infancia está llena de recuerdos de noches en vela, en brazos de mis padres, con esa indescriptible agonía de la falta de aire, con los hombros casi en las orejas, y el pecho expandido a más no poder, tratando de capturar lo que más podía de aire. Jarabes de todos los colores y sabores, que debía tomar para mejorar. Años más tarde, inhaladores que proveían una mejora mucho más rápida. Afortunadamente no tuve que pasar por la adrenalina, como mi papá sí tuvo que hacerlo, la única manera de atajar una crisis en sus días de infante. Si el salbutamol me molesta con su leve taquicardia, no imagino qué hubiera sido con un chute de adrenalina, y esa sí pura.
El asma desapareció durante muchos años. De hecho solía decir "Yo era asmático". Últimamente no más. Ha vuelto. Y está persistente. Toso continuamente, no puedo hablar con tanta fluidez porque cada frase viene puntuada por un par de toses. Llevo algo así como un mes usando los inhaladores, y la verdad, sí, mejoro. Pero no siento que sea una mejoría real, duradera. Y me asusta, porque no quiero que en un futuro se complique. Esta ciudad me asfixia de muchas maneras, pero una de ellas es la más obvia: el maldito humo de todos los carros y buses. Seguro que algo tendrá que ver en el renacer de ese karma. Y mi abuelo padeció de enfisema, aunque él fue fumador. Y mi papá heredó la misma maldición de la falta de aire. Y yo me resisto a seguir ese mismo destino. Pero, ¿tiene sentido negar la genética? ¿No es como querer negar la gravedad?
Sé que soy algo hipocondríaco, que a veces temo lo peor cuando siento algunos síntomas y busco en internet qué podrá ser lo que me aqueja. Por estos días ando un poco preocupado al respecto. No me siento bien, y me da miedo seguir así. Y no puedo si no, a veces, pensar en lo terrible que podría ser convertirse en el poco afortunado ganador de una de esas loterías infernales que puede ser una enfermedad degenerativa. Algo como el Parkinson, o el Alzheimer. Sobre todo las cosas que son relativas a la mente me asustan de manera especial: no poder controlar el cuerpo, o que la mente se pierda en las brumas de quién sabe qué dimensión... No poder ser quien eres, como en los horribles cuentos de Lovecraft... ¿Entonces quién serías?
Supongo que mañana cuando me levante debería pensar en otras cosas y tratar de no ocupar mi mente con cosas tan trágicas. Espero que esto sirva para desechar esos pensamientos de mi cabeza. Hay cosas mucho mejores en qué pensar.
martes, 21 de octubre de 2008
Lombrices
Esta tarde cuando salí a caminar estaba haciendo un sol de castigo. El cielo estaba muy limpio, lo cual siempre es bonito. Además, el azul se veía claro, no lechoso, como suele pasar en los días de verano, cuando hace demasiado tiempo que la lluvia no despeja la atmósfera. El problema es el calor que eso suele conllevar. Y caminar se convierte más en una tortura que en el habitual placer que suele ser.
Mientras caminaba por la calle que lleva a mi casa, vi un par de lombrices retorciéndose en la acera, imagino, achicharradas por el concreto. Varias veces he presenciado el mismo suceso, y siempre me he preguntado si es que las lombrices tienen un sentido que las lleva a saber cuál es su hora y salen a la superficie a ver el sol por última vez, o si es que abajo hace mucho calor y quieren refrescarse pero caen donde no deben, o sencillamente son estúpidas y se acercan a lo que no les conviene. Podría ser esto último. A fin de cuentas una lombriz no es un ser demasiado complejo. Cuando estudiaba biología tuvimos que hacer una disección a una lombriz, y no resultó ser sino un largo tubo digestivo, unos nerviecillos y poca cosa más. Supongo que tampoco esperaba encontrar nada más adentro.
Seguramente alguien debe tener una explicación a este hecho. No es algo que me quite el sueño. Pero es curioso cómo los seres humanos, siendo un poquitín más evolucionados que estos animalitos, a veces tampoco podemos evitar acercarnos a eso que resplandece, pero que en el fondo nos hace daño.
Mientras caminaba por la calle que lleva a mi casa, vi un par de lombrices retorciéndose en la acera, imagino, achicharradas por el concreto. Varias veces he presenciado el mismo suceso, y siempre me he preguntado si es que las lombrices tienen un sentido que las lleva a saber cuál es su hora y salen a la superficie a ver el sol por última vez, o si es que abajo hace mucho calor y quieren refrescarse pero caen donde no deben, o sencillamente son estúpidas y se acercan a lo que no les conviene. Podría ser esto último. A fin de cuentas una lombriz no es un ser demasiado complejo. Cuando estudiaba biología tuvimos que hacer una disección a una lombriz, y no resultó ser sino un largo tubo digestivo, unos nerviecillos y poca cosa más. Supongo que tampoco esperaba encontrar nada más adentro.
Seguramente alguien debe tener una explicación a este hecho. No es algo que me quite el sueño. Pero es curioso cómo los seres humanos, siendo un poquitín más evolucionados que estos animalitos, a veces tampoco podemos evitar acercarnos a eso que resplandece, pero que en el fondo nos hace daño.
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